¿Cómo administrar mi tiempo?

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Hay algo que racionalmente sabemos, pero que en la práctica muchas veces parecemos no entender: No todo puede hacerse simultáneamente. Por ello es imprescindible jerarquizar lo urgente, lo importante y lo que puede esperar.

También es necesario dejar de ver al tiempo como a un amo, como a un enemigo, como un misterio, como esclavo o como árbitro de nuestras vidas. La mejor manera de asumirlo, es como un factor neutral, que fluye y existe mientras determinamos lo que deseamos hacer con él.

Ideas y hábitos que desechar:

  • Abandonar la idea de hacer algo porque es “muy tarde” o “muy temprano”.
  • Formarse hábitos personales inflexibles fijados al reloj.
  • Ver al tiempo como un enemigo, nos prepara para una batalla sin fin. Cuando la mente está casi constantemente en estado de guerra, pocas experiencias, pocas relaciones, y hasta pocos logros y momentos felices pueden apreciarse en su totalidad.
  • Creer que el tiempo está completamente fuera de nuestro control.
  • Preocuparse acerca de consecuencias imprevistas.
  • Negarse a tomar compromisos de tiempo muy definidos.
  • Vivir en el pasado o en el futuro.
  • Evitar ser espontáneo.
  • Buscar precisión cronológica absoluta.
  • Mezclar al tiempo con el sentimiento de culpa, nos lleva a mentir y encubrirnos con frases como: “robar un momento” o “escaparme para un descansito”.

Ideas y hábitos que adoptar:

  • Mantenga ordenado y limpio el espacio en el que se desenvuelve.
  • Construya una lista diaria de “cosas para hacer” y refiérase a ella frecuentemente. Apunte acciones específicas en vez de objetivos vagos.
  • Escriba sus pendientes en orden de prioridad y actúe de acuerdo a ello.
  • Mantenga la lista relativamente corta, por ejemplo, de 5 a 10 cosas que atender, de tal forma que pueda tener éxito al completarla.
  • Recuerde programar algún “tiempo personal” incluyendo una actividad o hobbie individual.
  • Al agendar eventos, incluya fecha y hora.
  • ¿Cuándo comenzar? ¡YA! – incluya como filosofía de vida lo siguiente: “Si está dentro de mis posibilidades, lo hago en este momento”
  • Permanecer siempre en el presente, el único tiempo real es “ahora”. Sólo por unos segundos, tal vez cinco o seis veces por día, deténgase y mire a su alrededor. Sea consciente de que “aquí es donde estoy y esto es lo que estoy haciendo”.
  • Si algo lo perturba continuamente, confróntelo y resuélvalo. Ese “pendiente constante” es un ladrón de su energía y fuente de frustración y auto-desconfianza.
  • Limitar el uso del celular y redes sociales para evitar la procastinación. Sabemos que son altamente adictivos, comience a limitar su tiempo de uso y distinguir entre cuándo es necesario y cuándo no.
  • Siempre reserve un tiempo de soledad, reflexión y relajación.

Gracias por tu visita, espero que estos consejos te sean de utilidad. Si te agradó, ¡comparte!

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El Río…

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“No te bañas dos veces en el mismo río”

Heráclito.-

En este momento, y observándome en perspectiva me sorprendo tranformada. Luego me pregunto: “¿qué es lo que te sorprende? ¿no ha sido esa tu constante desde que naciste? ¿la evolución, el aprendizaje, el cambio permanente?”

La vida es una masa cuya forma varía instante tras instante, son figuras superpuestas cada vez distintas y los humanos no escapamos a esta fórmula. Menos aún cuando estamos abiertos a lo que cada momento quiere mostrarnos, cuando nos lanzamos a lo desconocido aún con miedo, cuando somos permeables y vulnerables, cuando renunciamos a paradigmas y estructuras rígidas y nos atrevemos a confiar en Esa Verdad limpia de prejuicios y programaciones que todos llevamos dentro.

Viendo “hacia atrás”, me observo en perspectiva… año tras año, més a més, día a día… he sido tantas personas diferentes, he creído, dejado de creer y vuelto a creer, he juzgado, dejado de juzgar y vuelto a juzgar, he amado, dejado de amar y vuelto a amar, y en cada tramo aprendo, maduro, disfruto, sufro, me expando, me contraigo, voy acumulando aprendizaje y mi visión de mí misma, de los demás, de la vida y del mundo se hace más y más extensa.

Hoy me digo: “no te detengas, sigue atreviéndote, sigue confiando aún con tus rodillas raspadas y con una que otra lágrima, las cicatrices son tesoros que recuerdan lo aprendido, no dejes de disfrutar, ni de maravillarte, ni de agradecer, aprecia la infinita gama de colores que estar aquí te ofrece, continúa… es una aventura y merece ser experimentada al máximo”.

Adicción emocional ¿cómo funciona?

masca¿Es posible ser adicto a sufrir, enojarse o sentir frustración? Diversos estudios del cerebro y la anatomía humana han comprobado que sí.

La mayoría de las personas responderían ante esta afirmación: “¿estás loco?, ¡es absurdo que me digas que yo me provoco a mí mismo sufrimiento!”. Resulta que en gran parte de los casos, no es algo que hagamos “a propósito”, más bien responde a un mecanismo del cerebro y las células de nuestro cuerpo, que con el tiempo crea la tendencia a repetir el mismo estado emocional una y otra vez.

Te explico a grandes rasgos y de forma simple cómo funciona. En el cerebro humano existen conexiones y redes neuronales que nos permiten procesar e interpretar lo que experimentamos, usando la información transmitida desde los sentidos. También gracias a ellas conservamos recuerdos. Es así como vamos “archivando” conocimiento a lo largo de la vida y, dependiendo de la única y particular historia de cada quien, será la interpretación que se tenga de lo que pasa en el día a día. La frase “cada cabeza es un mundo”, describe a la perfección la realidad de la experiencia humana.

Hay conexiones neuronales flexibles, que se modifican a medida que cambiamos de paradigmas o integramos nuevos aprendizajes, sin embargo hay otras que se fortalecen y rigidizan cada vez más, por la repetición de patrones de pensamiento. ¿Cuántas veces te has encontrado “dándole vueltas” a lo mismo una y otra vez? Bueno, esto significa que haz entablado una relación a largo plazo con una idea (red neuronal) que ahora “sale a la superficie” de manera automática.

redneuronal1Pero vayamos a las emociones… hay pensamientos que provocan determinadas reacciones, y es un proceso natural del organismo que así sea. Por ejemplo, en muchas ocasiones, es necesario sentir miedo para poder estar alerta y huir del peligro, o experimentar tristeza para poder procesar un duelo y posteriormente soltar lo perdido y continuar. Pero ¿qué pasa cuando sentimos miedo, tristeza, enojo o frustración sin estar atravesando por una situación que verdaderamente lo amerite?

Esto sucede: nuestro cerebro, además de ser un maravilloso e intrincado procesador de información, también es una fábrica de químicos. Cada emoción, hace que se produzca una descarga de sustancias que se distribuyen a través del torrente sanguíneo para finalmente alojarse en las células del cuerpo. Es un aviso de que algo está sucediendo y así es como nos preparamos para reaccionar de forma pertinente (seguramente habrás escuchado hablar de la adrenalina, este es uno de los muchos elementos que segrega el cerebro y más específicamente, el hipotátamo).

Así como la repetición de un pensamiento fortalece a determinadas conexiones y redes neuronales, a nivel celular produce mayor cantidad de receptores para algunos químicos en particular. Cuando estos químicos dejan de producirse, bien sea por la decisión consciente de cambiar o por la ausencia de acontecimientos que disparen la emoción, surge una reacción de “protesta” o, para ser más exactos, el síndrome de abstinencia en las células que se han habituado a recibirlos. En la mayoría de los casos, buscamos de manera inconsciente propiciar situaciones o volver a recurrir a pensamientos que nos provean de “esa” emoción a la que, sin saber, nos hemos vuelto adictos.

Ahora, ¿es posible revertir esto? ¡Claro que lo es! Hacernos conscientes de la tendencia a sentirnos de cierto modo y tener la firme intención de cambiarlo, marca la diferencia. Contando con toda esta información, puedes comprender el proceso e intervenir para transformarlo, cada vez que interrumpes un pensamiento repetitivo y lo sustituyes por otro, estás flexibilizando y provocando cambios en una red neuronal y creando nuevas conexiones en tu cerebro que propicien estados de ánimo más positivos y armónicos. Por otra parte, el saber cómo funciona este proceso te permite ser más tolerante contigo mismo cuando encuentres resistencias internas, ¡vamos, sí se puede!


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Fuente informativa: Película – Documental “What the bleep do we know!” -2004-

Palabras sueltas al amanecer de un domingo …

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Hola, aquí estoy. Son las seis de la mañana y tengo frío, tiemblo un poco. Busco algo sobre lo que escribir en este momento y se hace el silencio en mi cabeza. Retomo un viejo borrador y noto que no me siento inspirada para continuarlo, de modo que creo un archivo nuevo y decido ir tecleando lo que se me ocurra…

Ayer en la tarde regresó mi hijo de unas vacaciones que se extendieron a 5 semanas y eso me pone contenta, ¡es hermoso que esté de vuelta en casa! Ahora mismo duerme en su habitación junto a nuestra perra Layla, que también se ha mostrado feliz de tenerlo aquí nuevamente. La energía del hogar cambia de manera grata con su presencia. Reconozco también que este tiempo que estuvimos separados, representó un crecimiento importante para ambos.

Me siento agradecida por haber estado ayer con una vieja amiga. Luego de buscar a mi hijo al aeropuerto, fuimos a verla. Estaba junto a su pareja, una persona realmente encantadora. Permanecimos más de dos horas en un café, platicando como si no hubiera pasado ni un día, cuando en realidad hacía más de año y medio que no nos reuníamos. ¡Definitivamente me gustan los reencuentros!

Siento frío en mis pies, escucho el “tic, tac” del reloj del comedor, la calle está en silencio, cantan algunos pajaritos del parque y también un transeúnte que pasa por el frente de mi edificio entona muy bajito una melodía, la quietud del momento lo hace notorio. Me abrazo y froto mis extremidades superiores para calentarme un poco, como un gesto de amor y gentileza hacia mí misma. Me pongo la capucha del suéter que me cubre. Siento también frío en mis manos. Escucho ahora el cantar de un ave que saluda al nuevo día que recién empieza. Revuelvo un poco el licuado que me estoy tomando: piña, un tallo de apio, pepino, miel y limón. Respiro… no, es más bien un suspiro.

Mi fe en La Existencia se ha ido haciendo cada vez más sólida. Las transformaciones que he estado teniendo me maravillan y hacen sentir una enorme gratitud. Me estoy amando, estoy creciendo, haciéndome una mujer más adulta y, aún así, sigo siendo yo. Es hermoso, abrazo la vida, quiero continuar como testigo y partícipe de lo que viene…

Ha estado lloviendo. Se me hace curioso que se estén empezando a sentir brisas otoñales a finales de agosto. Suele suceder un mes después. Siempre me asombró la precisión del cambio estacional a finales de año. Justo después del 21 de septiembre empezaba el frío, pero ahora es diferente. Un día te derrites de calor y otro te congelas. Parece una metáfora de los vaivenes de la vida.

En un rato iré al mercadito de Santa Tere a comprar frutas y verduras, eso me encanta. El colorido y la belleza de lo que se exhibe, la gentileza y alegría espontánea de los vendedores, la variedad y diversidad de personas que se pueden observar al rededor, todo es fascinante. Aunque está algo retirado, disfruto de ir a pie con Layla, independientemente de que regresemos con “la lengua de corbata”, totalmente extenuadas.

Ahora noto un relámpago de temor que atraviesa fugaz este momento de tanta quietud y maravilla. Cuando algo va muy bien, suele colarse el pensamiento añejo de que “por ahí viene el trancazo”. Quiero modificar esa creencia de que nada puede ser tan bueno. Me ejercito en ello diciéndome a mí misma: “tranquila María Leonor, sólo disfruta y confía”. Vuelvo a rodear mi torso con los brazos en un gesto amoroso para esa niña asustada que a veces se asoma. En realidad, ¡este domingo promete!

Valentía y Vulnerabilidad

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Es realmente un acto heroico atreverse a ahondar en uno mismo, y mirar de frente lo que se ha reprimido o ignorado por mucho tiempo para evitar el dolor, la incomodidad o la vergüenza. Aceptar y abrazar a esos mal llamados “fantasmas internos” , enfrentarse a verdades que hemos enterrado y permitir entregarnos a lo que surja con ello, requiere de mucho coraje. Más aún cuando los estándares sociales juzgan como debilidad a la capacidad de sentir y expresar miedo, tristeza, rabia o frustración. Estamos convencidos de que lo ideal es “vernos siempre lindos”, aunque el costo sea andar como autómatas desconectados de nuestra esencia y del entorno en que nos desenvolvemos. Uno de los pioneros en psicoterapia Gestalt y Eneagrama, Claudio Naranjo, afirma: “Entrégate a la desazón y al dolor de la misma manera en que te entregas al placer. No limites tu consciencia.” Es una realidad que la capacidad que desarrollemos para experimentar felicidad y disfrutar plenamente de la vida, es directamente proporcional a la de sentir toda la gama de emociones inherentes a nuestra naturaleza humana.

Esto último no significa de ninguna manera que debamos andar por ahí “sufriendo como Magdalena” o convertirnos en “el demonio de Tazmania”, por el contrario, señala la importancia de estar en contacto con lo que surja interiormente, para así poder procesarlo y expresarlo en el momento oportuno, de manera sana, respetuosa y responsable, viviendo más intensamente.

¿Cómo se convirtió en un desafío decirnos a nosotros mismos o a los demás la verdad?

Lo aprendimos primero en casa y luego en el entorno donde crecimos. Vimos que era arriesgado mostrarnos completamente y que el amor que recibíamos, dependía de qué tanto complaciéramos las expectativas de quienes nos rodeaban. Decir: “no”, “tengo miedo”, “me duele” o “estoy enojado”, con frecuencia venía seguido de una respuesta de rechazo o, peor aún, de frases del tipo: “así no te quiero”. Aprendimos a camuflarnos para sentirnos integrados y amados. También a juzgar, dentro y fuera de nosotros mismos, todo aquello que interiorizamos como inaceptable, cosa que además nos da esa efímera e ilusa satisfacción de “tener la razón”. Al llenarnos de prejuicios, alejamos la posibilidad de establecer un contacto realmente profundo con el otro y de amar a plenitud. Los temores y etiquetas empañan nuestra visión y traen sufrimiento. Por otra parte, vivir con miedo a mostrarnos tal cual somos, coarta significativamente nuestra libertad, a la vez que nos desgasta.

Ser empáticos, es un trabajo que comienza de la piel para adentro. El auto-conocimiento y la auto-aceptación requieren de valentía, AMOR, encontrar herramientas para hacerlo (¡que hoy en día abundan!) y/o apoyo terapéutico. Recorrer este camino es, sin duda alguna, la más fructífera y satisfactoria aventura que puedes emprender. ¡Atrévete a Ser quien Eres!

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”  – Buda –


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La depresión: una gran Maestra

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Conozco a ese pozo de arenas movedizas, llamado depresión. Desde hace años, una y otra vez tropecé y caí en él. Ya estando allí, tuve que pasar algún tiempo, a ratos luchando y otros rindiéndome, antes de lograr salir. Fue una historia por momentos pesada de sobrellevar y también me regaló aprendizajes maravillosos.

En ese lugar suceden muchas cosas. Los niveles de energía bajan considerablemente y entonces parece que cualquier acción requiere de un gran esfuerzo, el entorno pierde color y vitalidad, la capacidad de concentración disminuye significativamente, se siente vergüenza con quienes te rodean por la torpeza de caer en el foso, y haces “de tripas corazón” para aparentar que está todo bien, evitando así sentirte incomprendido o juzgado. Otras veces, sólo se opta por el aislamiento y no tener que pasar por el mal rato de que alguien te vea así. Las arenas parecen fundirse con tu cuerpo inundándote de una profunda tristeza y “sin sentido”.

También es cierto, que en la esencia de la naturaleza humana está el deseo de vivir, de ser feliz, de levantarte y salir de ese abismo. En mi caso, aún cuando percibía que mi cuerpo, mis emociones y mis pensamientos se escapaban de control, como si algo invisible “moviera los hilos” haciendo de mí un títere, había un bendito rugido interior que me impulsaba a encontrar salidas. Fue entonces cuando tuve que ponerme creativa, trazar planes, buscar alternativas y, en medio de ese proceso, aprendí muchas lecciones y solté parte del equipaje que me estorbaba. También mi forma de ver la vida ha ido expandiéndose y flexibilizándose, creándome y re-creándome una y otra vez, haciendo de mí un lienzo en el que formas y colores se mezclan indefinidamente con trazos cada vez más limpios y sencillos.

La depresión, esa acompañante a la que muchas veces disfracé de enemiga, en realidad me ha enseñado cosas invaluables. A continuación te comparto algunos de esos aprendizajes:

  • El mundo no es sólo lo que parece, es un lugar misterioso y está en constante transformación, por lo que no hay verdades absolutas. Es necesario cuestionarlo todo y mantener la capacidad de asombro.
  • Desde pequeña la sociedad me forzó a tragar ideas relacionadas con imagen, éxito, lo correcto , lo incorrecto y estilos de vida que no tuve tiempo de digerir y que acabaron “revolviéndome la panza”.
  • La depresión es una maestra implacable ante la rigidez, la inconsciencia, la soberbia y la indolencia. Te enseña el valor de la vulnerabilidad y a ser más abierto y compasivo.
  • El ejecicio y la alimentación sana y natural son parte imprescindible del bienestar, no se trata de cómo te veas exteriormente, sino del Amor por La Vida.
  • Recurrí a la espiritualidad en busca de refugio, y descubrí que es la realidad más intrínseca de todo lo que existe (incluyéndome), no se trata de dogmas estrictos y es tan simple como respirar, ahondar en ella con un corazón honesto y sencillo, siempre trae respuestas y soluciones luminosas. Caminos para el alma hay muchos y cada cual escoge el más acorde con su momento.
  • Queda un infinito sendero por recorrer porque aún hay actitudes, hábitos y creencias que faltan por soltar y necesito ser paciente y gentil conmigo misma.

A medida que las máscaras van cayendo, mi libertad aumenta y puedo verme con mayor claridad. La depresión me ha hecho cada vez más humana, y paradójicamente me enseñó a amarme, a aceptarme y a entender que cada cosa que sucede sigue un plan perfecto, incluso lo que tantas veces juzgo como negativo. Esta “dolencia”, es sólo una señal de alerta, un recordatorio para enderezar el rumbo y hacer de mi vida un escenario de plenitud y realización. Por todo ello, hoy quiero decirle a esta gran Maestra: “¡Gracias!”.


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RE: Reconexión Natural – Una película que puede cambiar al mundo

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Ayer se estrenó la nueva película de los Pando, “RE:Reconexión Natural” y ha sido una verdadera bendición poder verla.

Frases como: “dieron justo en el blanco” o “viene como anillo al dedo”, apenas se acercan a lo que logra este regalo maravilloso, en el que se transmite de corazón a corazón un mensaje muy sencillo y, por ser así, increíblemente poderoso. Lo que comunica este filme, podría ser La Llave hacia el despertar y El Remedio a la degradación en que vivimos actualmente en el planeta: la alimentación natural y retomar el contacto con La Tierra como las más simples y amorosas herramientas de transcendencia.

Es una película llena de verdad y belleza, escenarios que te quitan el aliento, poesía y cotidianidad con los que te sentirás plenamente identificado y que te harán comprender lo fácil que puede ser iniciar una transformación sanadora que va mucho más allá de lo físico. Es por ello que te invito a verla y compartirla y así llenarte de una experiencia que no sólo puede cambiar tu vida, sino también enderezar el rumbo de la humanidad, haciéndola retornar a su Verdadera Esencia.

11540828_10152934282071709_8303210700159747726_nVisita http://re-conexion.com/ y encontrarás un enlace para verla en “Vimeo”. Por un costo verdaderamente bajo, podrás comprarla o rentarla para verla en línea. ¡Realmente vale la pena! #reconexion

Besos y abrazos!

Leo.-

Soledad

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El pasado domingo, mi hijo se fue a Ciudad de México a pasar vacaciones de verano con su papá, cosa que considero sana, justa y necesaria tanto para ellos dos, como para mí.

Que racionalmente lo piense así, no quiere decir que no me confronte con uno de mis monstruos imaginarios personales. Con ese, llamado Soledad.

A medida que se acercaba el momento del viaje, el miedo y la tristeza se iban apoderando de mí. Podría sonar exagerado, se trata sólo de un mes y se fue al Distrito Federal, no a la “Conchinchina”, hoy en día hay muchos modos de mantenernos en contacto gracias al Internet y al celular, en fin, ¡que no es algo del otro mundo! Pero resultó que para mí, sí lo fue.

Estuve conteniéndome todo el rato hasta que lo perdí de vista. Una vez que entró al área de salas de abordaje, me solté a llorar. Me acompañaba al aeropuerto mi mejor amigo, venezolano como yo, alguien que ha sido mi hermano por elección aquí en Guadalajara. Mientras íbamos a pagar el estacionamiento, yo era una máquina de sollozos (abundantes lágrimas y mocos incluídos). En ese trayecto, en el que mi estado inevitablemente atraía las miradas de la gente, él me dijo con tono consolador: “¿por qué lloras?, ¡si tu hijo iba bien contento!”, a lo que yo respondí en medio del llanto y con voz entrecortada: “¡Ya sé, pero por quien lloro es por mí!, ¡Tengo terror de estar sola!”.

Después de un rato de gimoteos y ya en el auto de regreso a casa, comenzamos a platicar de otros temas, también nos reímos y aunque me sentía más tranquila, aún tenía temor de llegar y encontrarme con el “nido vacío”. Mi amigo me dejó en la entrada del edificio donde vivo, nos despedimos y se fue, no sin antes recordarme que estaríamos en contacto y que todo iba a estar bien.

Desde hace años me he enfocado con especial atención en el desarrollo humano y la espiritualidad. Muchas veces he pensado y dicho frases del tipo: “si no puedes estar contigo mismo, nunca podrás estar con alguien más” ; “la soledad es la realidad de la vida, porque solos nacemos y solos morimos”; “Tú mismo debes ser tu mejor compañía”. Cuando entré a mi depa, si alguien me hubiera dicho algo así, lo habría mandado por un tubo, por decirlo bonito.

Ok, estaba mi perra, se puso muy contenta al verme, la adoro y la amo con todo mi corazón, pero esa sensación de ausencia que tenía no se me quitaba, y así comenzó mi semana.

El constante silencio día tras día, dormir y despertar sin escuchar un “buenos días” o “buenas noches”, sin un beso o un abrazo, no tener a alguien (humano) con quien interactuar en casa, comer sola, ver tele sola, salir  y regresar del trabajo sola, ¡todo sola!, me puso muy triste y desanimada.

Decidí dosificar llamadas y mensajes a mi hijo, luego de haber hablado con él el lunes y que me dijera: “mamá, ¡no me estés marcando a cada rato, estoy bien!” (no le estaba marcando a cada rato, ¡no hablábamos desde el día anterior!), pero he de decir que aunque no me cayó muy en gracia que me lo dijera, también me gustó que le pusiera un límite a mi neurosis. Son sus vacaciones, su tiempo para compartir con su familia paterna y debe entregarse a disfrutarlo y no a preocuparse porque “su mamá lo extraña”. De modo que he estado mandando uno que otro mensaje cariñoso, evitando el drama, y no le volví a llamar. El Amor jamás está en duda y el respeto es parte fundamental de amar.

Lunes, martes, miércoles, jueves… ¡el viernes me dí cuenta! Esta vez en serio, lo comprendí más allá de la razón, de manera profunda e integral.

Vi claramente que puedo elegir disfrutar de estos días como se me antoje, puedo entrar y salir sin apuros y sin preocuparme porque tengo que hacer la comida o porque mi hijo este esperándome. Puedo preguntarme en cada momento y con total libertad a mí misma: “¿y ahora qué quieres hacer mi reinita?”. ¡Esto es maravilloso, motivante y energetizante!

Lo mejor del asunto, es que cuando mi hijo regrese, no me va a encontrar hecha trizas ni a punto de enloquecer, sino contenta y radiante y habremos podido ambos disfrutar plenamente de unas maravillosas vacaciones.  Con esta comprensión lo libero, me libero y también me entrego a hacer de cada uno de los siguientes días en soledad, algo que me llene, me alegre la existencia y realmente valga la pena.


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El Migrante

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Anoche al regresar del trabajo tuve una experiencia que me sacudió a varios niveles, haciendo emerger y revolverse en un remolino interno emociones y sensaciones.

A veces nos topamos con vivencias intensas que se diluyen casi de manera inmediata para darle paso a lo rutinario, lo conocido, lo que brinda comodidad y seguridad. Ese momento simplemente se acaba olvidando. No quiero que me suceda, porque además de haber sido impactante, lo que presencié se relaciona con una parte esencial de mi vida: el ser inmigrante.

Soy Venezolana y llevo 16 años viviendo en México, actualmente estoy en Guadalajara, Jalisco y tengo toda la intención de profundizar en próximas publicaciones sobre lo que ha sido y continúa siendo, desde mi punto de vista, el vivir fuera de la tierra donde nací y crecí. Sin embargo, en esta ocasión compartiré lo que me sucedió recientemente.

Para mi trayecto cotidiano de regreso a casa tomo la ruta 358, que en uno de sus tramos pasa sobre las vías del tren entre las avenidas “Vallarta” y “México”. Lo cierto es que anoche los vagones estaban allí detenidos y el paso cerrado. El chofer de la unidad en la que iba, apurado y sin querer esperar a que volviera a moverse el ferrocarril para continuar su recorrido, nos pidió bajar y, usando el ticket que nos diera al subir, tomar el siguiente autobús que pasara una vez que se despejaran las vías.

Acababa de caer un aguacero y al parecer estaba a punto de volver a llover, de modo que decidí no esperar más y caminar. Me imaginé que sería fácil llegar al otro lado de la calle pasando entre los vagones. Caminé en la dirección acostumbrada y ví como un hombre saltaba sobre los enganches y lograba atravesar el obstáculo haciéndolo parecer muy sencillo. Al acercarme me dí cuenta de que se necesitaba habilidad física para hacerlo rápidamente porque estaban altos y además en cualquier momento podría ponerse nuevamente en marcha el tren, que estaba conformado por muchos containers de mercancía que se transporta a lo largo y ancho de la República Mexicana hasta llegar a los Estados Unidos.

De un tiempo a esta parte se ha vuelto común encontrarse con migrantes centroamericanos en semáforos y calles de Guadalajara pidiendo dinero. Son personas que viajan aferradas a los trenes de carga atravesando el país, anhelando una mejor calidad de vida en el “vecino del norte”. Van tras el famoso sueño americano emprendiendo una aventura dura, cruel, peligrosa y en muchos casos mortal. Encontrarlos se ha vuelto algo tan cotidiano que, como sucede en muchos casos, acabamos cerrando los ojos y perdiendo de vista todo lo que implica y lo que hay tras esta parte de la realidad y viéndolos como un “detalle incómodo” o como “algo curioso” que nos topamos en la calle.

La cosa es que yo estaba allí, de pie frente al tren al igual que otros peatones que esperábamos en la banqueta para poder pasar hacia el otro lado de los rieles. Se paró junto a mí un joven vestido como ejecutivo y pensando en voz alta dijo: “cuando vi al que pasó sobre el enganche pensé que yo también podía, ¡de lejos se ve fácil!, pero parece que en cualquier momento arranca de nuevo”. Le respondí que me pasó lo mismo y nos reímos. Miré hacia mi derecha y vi un par de luces a unos 150 mts de distancia. Le dije: “mira, quizás ese vagón viene a empujar a este. Es mejor que esperemos”. Alguien que yo no había visto hasta ese momento, se unió a la conversación diciendo en un acento diferente: “no, es otro tren esperando a que este se mueva para poder pasar”. Era un hombre de 1.75 mts de alto aproximadamente, muy delgado y bronceado. Usaba una camisa de algodón a cuadros tipo leñador y pantalones cortos a la rodilla. Tenía el cabello reseco y despeinado, un poco desteñido por el sol, llevaba una mochila a la espalda y su mirada era aguda, de esas que no dejan pasar desapercibido ningún detalle.

El tren comenzó a moverse. Le pregunté: “¿De dónde eres?”, “de Nicaragua”, me dijo. El otro hombre que estaba de pie a mi lado también le cuestionó: “¿Y cómo te estamos tratando los mexicanos?” a lo que el migrante respondió con una mueca y un gesto de “más o menos” haciendo girar su mano  y luego dijo: “¿tendrían alguna moneda con la que pudieran ayudarme?”, inmediatamente ambos sacamos algo de dinero y se lo dimos. Nos agradeció y entonces fue cuando, en cuestión de pocos segundos, sucedió lo que me dejó sin aliento. El tren ya en marcha había tomado velocidad y el hombre que segundos antes conversaba tranquilamente con nosotros atinó con mucha precisión a saltar y aferrarse a una de las escaleras de metal oxidado que se adherían a los containers, alejándose de nuestra vista rápidamente.

Ahora estaba aquí, ahora ya no estaba… y no sólo eso, en una fracción de segundo comprendí que había sido un salto certero, sin una gota de dudas hacia un destino incierto, hacia noches de frío inclemente sobre el techo de algún vagón, hacía días bajo el sol sin mucha sombra donde refugiarse, hacia el hambre, hacia la posibilidad de caer y morir o quedar mutilado, también hacia la posibilidad de concretar sus sueños. Allí… en ese vagón que perdí tan rápidamente de vista iba ese hombre y yo no puedo describir en su totalidad lo que comprendí, lo que sentí. Mi dolor, mi historia, su dolor, su historia se conjugaban con preocupación, con admiración, con amor infinito e incondicional y también con muchas emociones y reflexiones más…

Qué momento tan breve, qué encuentro tan fugaz y al mismo tiempo, un instante puede acabar siendo más que suficiente. Mi corazón acelerado, el agujero en el estómago y mis rodillas temblorosas recuperaron su ritmo y en pocos minutos el tren no estaba y todos cruzábamos los rieles hacia nuestro destino mientras este hombre también continuaba su recorrido.

Tenía que compartir esto. Se que no es lo mismo leerlo que haberlo vivido en carne propia… pero espero que así como a mí, le sirva a quien recorra estas lineas para hacer sus propias reflexiones.


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