El Migrante

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Anoche al regresar del trabajo tuve una experiencia que me sacudió a varios niveles, haciendo emerger y revolverse en un remolino interno emociones y sensaciones.

A veces nos topamos con vivencias intensas que se diluyen casi de manera inmediata para darle paso a lo rutinario, lo conocido, lo que brinda comodidad y seguridad. Ese momento simplemente se acaba olvidando. No quiero que me suceda, porque además de haber sido impactante, lo que presencié se relaciona con una parte esencial de mi vida: el ser inmigrante.

Soy Venezolana y llevo 16 años viviendo en México, actualmente estoy en Guadalajara, Jalisco y tengo toda la intención de profundizar en próximas publicaciones sobre lo que ha sido y continúa siendo, desde mi punto de vista, el vivir fuera de la tierra donde nací y crecí. Sin embargo, en esta ocasión compartiré lo que me sucedió recientemente.

Para mi trayecto cotidiano de regreso a casa tomo la ruta 358, que en uno de sus tramos pasa sobre las vías del tren entre las avenidas “Vallarta” y “México”. Lo cierto es que anoche los vagones estaban allí detenidos y el paso cerrado. El chofer de la unidad en la que iba, apurado y sin querer esperar a que volviera a moverse el ferrocarril para continuar su recorrido, nos pidió bajar y, usando el ticket que nos diera al subir, tomar el siguiente autobús que pasara una vez que se despejaran las vías.

Acababa de caer un aguacero y al parecer estaba a punto de volver a llover, de modo que decidí no esperar más y caminar. Me imaginé que sería fácil llegar al otro lado de la calle pasando entre los vagones. Caminé en la dirección acostumbrada y ví como un hombre saltaba sobre los enganches y lograba atravesar el obstáculo haciéndolo parecer muy sencillo. Al acercarme me dí cuenta de que se necesitaba habilidad física para hacerlo rápidamente porque estaban altos y además en cualquier momento podría ponerse nuevamente en marcha el tren, que estaba conformado por muchos containers de mercancía que se transporta a lo largo y ancho de la República Mexicana hasta llegar a los Estados Unidos.

De un tiempo a esta parte se ha vuelto común encontrarse con migrantes centroamericanos en semáforos y calles de Guadalajara pidiendo dinero. Son personas que viajan aferradas a los trenes de carga atravesando el país, anhelando una mejor calidad de vida en el “vecino del norte”. Van tras el famoso sueño americano emprendiendo una aventura dura, cruel, peligrosa y en muchos casos mortal. Encontrarlos se ha vuelto algo tan cotidiano que, como sucede en muchos casos, acabamos cerrando los ojos y perdiendo de vista todo lo que implica y lo que hay tras esta parte de la realidad y viéndolos como un “detalle incómodo” o como “algo curioso” que nos topamos en la calle.

La cosa es que yo estaba allí, de pie frente al tren al igual que otros peatones que esperábamos en la banqueta para poder pasar hacia el otro lado de los rieles. Se paró junto a mí un joven vestido como ejecutivo y pensando en voz alta dijo: “cuando vi al que pasó sobre el enganche pensé que yo también podía, ¡de lejos se ve fácil!, pero parece que en cualquier momento arranca de nuevo”. Le respondí que me pasó lo mismo y nos reímos. Miré hacia mi derecha y vi un par de luces a unos 150 mts de distancia. Le dije: “mira, quizás ese vagón viene a empujar a este. Es mejor que esperemos”. Alguien que yo no había visto hasta ese momento, se unió a la conversación diciendo en un acento diferente: “no, es otro tren esperando a que este se mueva para poder pasar”. Era un hombre de 1.75 mts de alto aproximadamente, muy delgado y bronceado. Usaba una camisa de algodón a cuadros tipo leñador y pantalones cortos a la rodilla. Tenía el cabello reseco y despeinado, un poco desteñido por el sol, llevaba una mochila a la espalda y su mirada era aguda, de esas que no dejan pasar desapercibido ningún detalle.

El tren comenzó a moverse. Le pregunté: “¿De dónde eres?”, “de Nicaragua”, me dijo. El otro hombre que estaba de pie a mi lado también le cuestionó: “¿Y cómo te estamos tratando los mexicanos?” a lo que el migrante respondió con una mueca y un gesto de “más o menos” haciendo girar su mano  y luego dijo: “¿tendrían alguna moneda con la que pudieran ayudarme?”, inmediatamente ambos sacamos algo de dinero y se lo dimos. Nos agradeció y entonces fue cuando, en cuestión de pocos segundos, sucedió lo que me dejó sin aliento. El tren ya en marcha había tomado velocidad y el hombre que segundos antes conversaba tranquilamente con nosotros atinó con mucha precisión a saltar y aferrarse a una de las escaleras de metal oxidado que se adherían a los containers, alejándose de nuestra vista rápidamente.

Ahora estaba aquí, ahora ya no estaba… y no sólo eso, en una fracción de segundo comprendí que había sido un salto certero, sin una gota de dudas hacia un destino incierto, hacia noches de frío inclemente sobre el techo de algún vagón, hacía días bajo el sol sin mucha sombra donde refugiarse, hacia el hambre, hacia la posibilidad de caer y morir o quedar mutilado, también hacia la posibilidad de concretar sus sueños. Allí… en ese vagón que perdí tan rápidamente de vista iba ese hombre y yo no puedo describir en su totalidad lo que comprendí, lo que sentí. Mi dolor, mi historia, su dolor, su historia se conjugaban con preocupación, con admiración, con amor infinito e incondicional y también con muchas emociones y reflexiones más…

Qué momento tan breve, qué encuentro tan fugaz y al mismo tiempo, un instante puede acabar siendo más que suficiente. Mi corazón acelerado, el agujero en el estómago y mis rodillas temblorosas recuperaron su ritmo y en pocos minutos el tren no estaba y todos cruzábamos los rieles hacia nuestro destino mientras este hombre también continuaba su recorrido.

Tenía que compartir esto. Se que no es lo mismo leerlo que haberlo vivido en carne propia… pero espero que así como a mí, le sirva a quien recorra estas lineas para hacer sus propias reflexiones.


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