Valentía y Vulnerabilidad

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Es realmente un acto heroico atreverse a ahondar en uno mismo, y mirar de frente lo que se ha reprimido o ignorado por mucho tiempo para evitar el dolor, la incomodidad o la vergüenza. Aceptar y abrazar a esos mal llamados “fantasmas internos” , enfrentarse a verdades que hemos enterrado y permitir entregarnos a lo que surja con ello, requiere de mucho coraje. Más aún cuando los estándares sociales juzgan como debilidad a la capacidad de sentir y expresar miedo, tristeza, rabia o frustración. Estamos convencidos de que lo ideal es “vernos siempre lindos”, aunque el costo sea andar como autómatas desconectados de nuestra esencia y del entorno en que nos desenvolvemos. Uno de los pioneros en psicoterapia Gestalt y Eneagrama, Claudio Naranjo, afirma: “Entrégate a la desazón y al dolor de la misma manera en que te entregas al placer. No limites tu consciencia.” Es una realidad que la capacidad que desarrollemos para experimentar felicidad y disfrutar plenamente de la vida, es directamente proporcional a la de sentir toda la gama de emociones inherentes a nuestra naturaleza humana.

Esto último no significa de ninguna manera que debamos andar por ahí “sufriendo como Magdalena” o convertirnos en “el demonio de Tazmania”, por el contrario, señala la importancia de estar en contacto con lo que surja interiormente, para así poder procesarlo y expresarlo en el momento oportuno, de manera sana, respetuosa y responsable, viviendo más intensamente.

¿Cómo se convirtió en un desafío decirnos a nosotros mismos o a los demás la verdad?

Lo aprendimos primero en casa y luego en el entorno donde crecimos. Vimos que era arriesgado mostrarnos completamente y que el amor que recibíamos, dependía de qué tanto complaciéramos las expectativas de quienes nos rodeaban. Decir: “no”, “tengo miedo”, “me duele” o “estoy enojado”, con frecuencia venía seguido de una respuesta de rechazo o, peor aún, de frases del tipo: “así no te quiero”. Aprendimos a camuflarnos para sentirnos integrados y amados. También a juzgar, dentro y fuera de nosotros mismos, todo aquello que interiorizamos como inaceptable, cosa que además nos da esa efímera e ilusa satisfacción de “tener la razón”. Al llenarnos de prejuicios, alejamos la posibilidad de establecer un contacto realmente profundo con el otro y de amar a plenitud. Los temores y etiquetas empañan nuestra visión y traen sufrimiento. Por otra parte, vivir con miedo a mostrarnos tal cual somos, coarta significativamente nuestra libertad, a la vez que nos desgasta.

Ser empáticos, es un trabajo que comienza de la piel para adentro. El auto-conocimiento y la auto-aceptación requieren de valentía, AMOR, encontrar herramientas para hacerlo (¡que hoy en día abundan!) y/o apoyo terapéutico. Recorrer este camino es, sin duda alguna, la más fructífera y satisfactoria aventura que puedes emprender. ¡Atrévete a Ser quien Eres!

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”  – Buda –


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