Palabras sueltas al amanecer de un domingo …

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Hola, aquí estoy. Son las seis de la mañana y tengo frío, tiemblo un poco. Busco algo sobre lo que escribir en este momento y se hace el silencio en mi cabeza. Retomo un viejo borrador y noto que no me siento inspirada para continuarlo, de modo que creo un archivo nuevo y decido ir tecleando lo que se me ocurra…

Ayer en la tarde regresó mi hijo de unas vacaciones que se extendieron a 5 semanas y eso me pone contenta, ¡es hermoso que esté de vuelta en casa! Ahora mismo duerme en su habitación junto a nuestra perra Layla, que también se ha mostrado feliz de tenerlo aquí nuevamente. La energía del hogar cambia de manera grata con su presencia. Reconozco también que este tiempo que estuvimos separados, representó un crecimiento importante para ambos.

Me siento agradecida por haber estado ayer con una vieja amiga. Luego de buscar a mi hijo al aeropuerto, fuimos a verla. Estaba junto a su pareja, una persona realmente encantadora. Permanecimos más de dos horas en un café, platicando como si no hubiera pasado ni un día, cuando en realidad hacía más de año y medio que no nos reuníamos. ¡Definitivamente me gustan los reencuentros!

Siento frío en mis pies, escucho el “tic, tac” del reloj del comedor, la calle está en silencio, cantan algunos pajaritos del parque y también un transeúnte que pasa por el frente de mi edificio entona muy bajito una melodía, la quietud del momento lo hace notorio. Me abrazo y froto mis extremidades superiores para calentarme un poco, como un gesto de amor y gentileza hacia mí misma. Me pongo la capucha del suéter que me cubre. Siento también frío en mis manos. Escucho ahora el cantar de un ave que saluda al nuevo día que recién empieza. Revuelvo un poco el licuado que me estoy tomando: piña, un tallo de apio, pepino, miel y limón. Respiro… no, es más bien un suspiro.

Mi fe en La Existencia se ha ido haciendo cada vez más sólida. Las transformaciones que he estado teniendo me maravillan y hacen sentir una enorme gratitud. Me estoy amando, estoy creciendo, haciéndome una mujer más adulta y, aún así, sigo siendo yo. Es hermoso, abrazo la vida, quiero continuar como testigo y partícipe de lo que viene…

Ha estado lloviendo. Se me hace curioso que se estén empezando a sentir brisas otoñales a finales de agosto. Suele suceder un mes después. Siempre me asombró la precisión del cambio estacional a finales de año. Justo después del 21 de septiembre empezaba el frío, pero ahora es diferente. Un día te derrites de calor y otro te congelas. Parece una metáfora de los vaivenes de la vida.

En un rato iré al mercadito de Santa Tere a comprar frutas y verduras, eso me encanta. El colorido y la belleza de lo que se exhibe, la gentileza y alegría espontánea de los vendedores, la variedad y diversidad de personas que se pueden observar al rededor, todo es fascinante. Aunque está algo retirado, disfruto de ir a pie con Layla, independientemente de que regresemos con “la lengua de corbata”, totalmente extenuadas.

Ahora noto un relámpago de temor que atraviesa fugaz este momento de tanta quietud y maravilla. Cuando algo va muy bien, suele colarse el pensamiento añejo de que “por ahí viene el trancazo”. Quiero modificar esa creencia de que nada puede ser tan bueno. Me ejercito en ello diciéndome a mí misma: “tranquila María Leonor, sólo disfruta y confía”. Vuelvo a rodear mi torso con los brazos en un gesto amoroso para esa niña asustada que a veces se asoma. En realidad, ¡este domingo promete!

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