El Río…

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“No te bañas dos veces en el mismo río”

Heráclito.-

En este momento, y observándome en perspectiva me sorprendo tranformada. Luego me pregunto: “¿qué es lo que te sorprende? ¿no ha sido esa tu constante desde que naciste? ¿la evolución, el aprendizaje, el cambio permanente?”

La vida es una masa cuya forma varía instante tras instante, son figuras superpuestas cada vez distintas y los humanos no escapamos a esta fórmula. Menos aún cuando estamos abiertos a lo que cada momento quiere mostrarnos, cuando nos lanzamos a lo desconocido aún con miedo, cuando somos permeables y vulnerables, cuando renunciamos a paradigmas y estructuras rígidas y nos atrevemos a confiar en Esa Verdad limpia de prejuicios y programaciones que todos llevamos dentro.

Viendo “hacia atrás”, me observo en perspectiva… año tras año, més a més, día a día… he sido tantas personas diferentes, he creído, dejado de creer y vuelto a creer, he juzgado, dejado de juzgar y vuelto a juzgar, he amado, dejado de amar y vuelto a amar, y en cada tramo aprendo, maduro, disfruto, sufro, me expando, me contraigo, voy acumulando aprendizaje y mi visión de mí misma, de los demás, de la vida y del mundo se hace más y más extensa.

Hoy me digo: “no te detengas, sigue atreviéndote, sigue confiando aún con tus rodillas raspadas y con una que otra lágrima, las cicatrices son tesoros que recuerdan lo aprendido, no dejes de disfrutar, ni de maravillarte, ni de agradecer, aprecia la infinita gama de colores que estar aquí te ofrece, continúa… es una aventura y merece ser experimentada al máximo”.

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Valentía y Vulnerabilidad

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Es realmente un acto heroico atreverse a ahondar en uno mismo, y mirar de frente lo que se ha reprimido o ignorado por mucho tiempo para evitar el dolor, la incomodidad o la vergüenza. Aceptar y abrazar a esos mal llamados “fantasmas internos” , enfrentarse a verdades que hemos enterrado y permitir entregarnos a lo que surja con ello, requiere de mucho coraje. Más aún cuando los estándares sociales juzgan como debilidad a la capacidad de sentir y expresar miedo, tristeza, rabia o frustración. Estamos convencidos de que lo ideal es “vernos siempre lindos”, aunque el costo sea andar como autómatas desconectados de nuestra esencia y del entorno en que nos desenvolvemos. Uno de los pioneros en psicoterapia Gestalt y Eneagrama, Claudio Naranjo, afirma: “Entrégate a la desazón y al dolor de la misma manera en que te entregas al placer. No limites tu consciencia.” Es una realidad que la capacidad que desarrollemos para experimentar felicidad y disfrutar plenamente de la vida, es directamente proporcional a la de sentir toda la gama de emociones inherentes a nuestra naturaleza humana.

Esto último no significa de ninguna manera que debamos andar por ahí “sufriendo como Magdalena” o convertirnos en “el demonio de Tazmania”, por el contrario, señala la importancia de estar en contacto con lo que surja interiormente, para así poder procesarlo y expresarlo en el momento oportuno, de manera sana, respetuosa y responsable, viviendo más intensamente.

¿Cómo se convirtió en un desafío decirnos a nosotros mismos o a los demás la verdad?

Lo aprendimos primero en casa y luego en el entorno donde crecimos. Vimos que era arriesgado mostrarnos completamente y que el amor que recibíamos, dependía de qué tanto complaciéramos las expectativas de quienes nos rodeaban. Decir: “no”, “tengo miedo”, “me duele” o “estoy enojado”, con frecuencia venía seguido de una respuesta de rechazo o, peor aún, de frases del tipo: “así no te quiero”. Aprendimos a camuflarnos para sentirnos integrados y amados. También a juzgar, dentro y fuera de nosotros mismos, todo aquello que interiorizamos como inaceptable, cosa que además nos da esa efímera e ilusa satisfacción de “tener la razón”. Al llenarnos de prejuicios, alejamos la posibilidad de establecer un contacto realmente profundo con el otro y de amar a plenitud. Los temores y etiquetas empañan nuestra visión y traen sufrimiento. Por otra parte, vivir con miedo a mostrarnos tal cual somos, coarta significativamente nuestra libertad, a la vez que nos desgasta.

Ser empáticos, es un trabajo que comienza de la piel para adentro. El auto-conocimiento y la auto-aceptación requieren de valentía, AMOR, encontrar herramientas para hacerlo (¡que hoy en día abundan!) y/o apoyo terapéutico. Recorrer este camino es, sin duda alguna, la más fructífera y satisfactoria aventura que puedes emprender. ¡Atrévete a Ser quien Eres!

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”  – Buda –


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La depresión: una gran Maestra

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Conozco a ese pozo de arenas movedizas, llamado depresión. Desde hace años, una y otra vez tropecé y caí en él. Ya estando allí, tuve que pasar algún tiempo, a ratos luchando y otros rindiéndome, antes de lograr salir. Fue una historia por momentos pesada de sobrellevar y también me regaló aprendizajes maravillosos.

En ese lugar suceden muchas cosas. Los niveles de energía bajan considerablemente y entonces parece que cualquier acción requiere de un gran esfuerzo, el entorno pierde color y vitalidad, la capacidad de concentración disminuye significativamente, se siente vergüenza con quienes te rodean por la torpeza de caer en el foso, y haces “de tripas corazón” para aparentar que está todo bien, evitando así sentirte incomprendido o juzgado. Otras veces, sólo se opta por el aislamiento y no tener que pasar por el mal rato de que alguien te vea así. Las arenas parecen fundirse con tu cuerpo inundándote de una profunda tristeza y “sin sentido”.

También es cierto, que en la esencia de la naturaleza humana está el deseo de vivir, de ser feliz, de levantarte y salir de ese abismo. En mi caso, aún cuando percibía que mi cuerpo, mis emociones y mis pensamientos se escapaban de control, como si algo invisible “moviera los hilos” haciendo de mí un títere, había un bendito rugido interior que me impulsaba a encontrar salidas. Fue entonces cuando tuve que ponerme creativa, trazar planes, buscar alternativas y, en medio de ese proceso, aprendí muchas lecciones y solté parte del equipaje que me estorbaba. También mi forma de ver la vida ha ido expandiéndose y flexibilizándose, creándome y re-creándome una y otra vez, haciendo de mí un lienzo en el que formas y colores se mezclan indefinidamente con trazos cada vez más limpios y sencillos.

La depresión, esa acompañante a la que muchas veces disfracé de enemiga, en realidad me ha enseñado cosas invaluables. A continuación te comparto algunos de esos aprendizajes:

  • El mundo no es sólo lo que parece, es un lugar misterioso y está en constante transformación, por lo que no hay verdades absolutas. Es necesario cuestionarlo todo y mantener la capacidad de asombro.
  • Desde pequeña la sociedad me forzó a tragar ideas relacionadas con imagen, éxito, lo correcto , lo incorrecto y estilos de vida que no tuve tiempo de digerir y que acabaron “revolviéndome la panza”.
  • La depresión es una maestra implacable ante la rigidez, la inconsciencia, la soberbia y la indolencia. Te enseña el valor de la vulnerabilidad y a ser más abierto y compasivo.
  • El ejecicio y la alimentación sana y natural son parte imprescindible del bienestar, no se trata de cómo te veas exteriormente, sino del Amor por La Vida.
  • Recurrí a la espiritualidad en busca de refugio, y descubrí que es la realidad más intrínseca de todo lo que existe (incluyéndome), no se trata de dogmas estrictos y es tan simple como respirar, ahondar en ella con un corazón honesto y sencillo, siempre trae respuestas y soluciones luminosas. Caminos para el alma hay muchos y cada cual escoge el más acorde con su momento.
  • Queda un infinito sendero por recorrer porque aún hay actitudes, hábitos y creencias que faltan por soltar y necesito ser paciente y gentil conmigo misma.

A medida que las máscaras van cayendo, mi libertad aumenta y puedo verme con mayor claridad. La depresión me ha hecho cada vez más humana, y paradójicamente me enseñó a amarme, a aceptarme y a entender que cada cosa que sucede sigue un plan perfecto, incluso lo que tantas veces juzgo como negativo. Esta “dolencia”, es sólo una señal de alerta, un recordatorio para enderezar el rumbo y hacer de mi vida un escenario de plenitud y realización. Por todo ello, hoy quiero decirle a esta gran Maestra: “¡Gracias!”.


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Soledad

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El pasado domingo, mi hijo se fue a Ciudad de México a pasar vacaciones de verano con su papá, cosa que considero sana, justa y necesaria tanto para ellos dos, como para mí.

Que racionalmente lo piense así, no quiere decir que no me confronte con uno de mis monstruos imaginarios personales. Con ese, llamado Soledad.

A medida que se acercaba el momento del viaje, el miedo y la tristeza se iban apoderando de mí. Podría sonar exagerado, se trata sólo de un mes y se fue al Distrito Federal, no a la “Conchinchina”, hoy en día hay muchos modos de mantenernos en contacto gracias al Internet y al celular, en fin, ¡que no es algo del otro mundo! Pero resultó que para mí, sí lo fue.

Estuve conteniéndome todo el rato hasta que lo perdí de vista. Una vez que entró al área de salas de abordaje, me solté a llorar. Me acompañaba al aeropuerto mi mejor amigo, venezolano como yo, alguien que ha sido mi hermano por elección aquí en Guadalajara. Mientras íbamos a pagar el estacionamiento, yo era una máquina de sollozos (abundantes lágrimas y mocos incluídos). En ese trayecto, en el que mi estado inevitablemente atraía las miradas de la gente, él me dijo con tono consolador: “¿por qué lloras?, ¡si tu hijo iba bien contento!”, a lo que yo respondí en medio del llanto y con voz entrecortada: “¡Ya sé, pero por quien lloro es por mí!, ¡Tengo terror de estar sola!”.

Después de un rato de gimoteos y ya en el auto de regreso a casa, comenzamos a platicar de otros temas, también nos reímos y aunque me sentía más tranquila, aún tenía temor de llegar y encontrarme con el “nido vacío”. Mi amigo me dejó en la entrada del edificio donde vivo, nos despedimos y se fue, no sin antes recordarme que estaríamos en contacto y que todo iba a estar bien.

Desde hace años me he enfocado con especial atención en el desarrollo humano y la espiritualidad. Muchas veces he pensado y dicho frases del tipo: “si no puedes estar contigo mismo, nunca podrás estar con alguien más” ; “la soledad es la realidad de la vida, porque solos nacemos y solos morimos”; “Tú mismo debes ser tu mejor compañía”. Cuando entré a mi depa, si alguien me hubiera dicho algo así, lo habría mandado por un tubo, por decirlo bonito.

Ok, estaba mi perra, se puso muy contenta al verme, la adoro y la amo con todo mi corazón, pero esa sensación de ausencia que tenía no se me quitaba, y así comenzó mi semana.

El constante silencio día tras día, dormir y despertar sin escuchar un “buenos días” o “buenas noches”, sin un beso o un abrazo, no tener a alguien (humano) con quien interactuar en casa, comer sola, ver tele sola, salir  y regresar del trabajo sola, ¡todo sola!, me puso muy triste y desanimada.

Decidí dosificar llamadas y mensajes a mi hijo, luego de haber hablado con él el lunes y que me dijera: “mamá, ¡no me estés marcando a cada rato, estoy bien!” (no le estaba marcando a cada rato, ¡no hablábamos desde el día anterior!), pero he de decir que aunque no me cayó muy en gracia que me lo dijera, también me gustó que le pusiera un límite a mi neurosis. Son sus vacaciones, su tiempo para compartir con su familia paterna y debe entregarse a disfrutarlo y no a preocuparse porque “su mamá lo extraña”. De modo que he estado mandando uno que otro mensaje cariñoso, evitando el drama, y no le volví a llamar. El Amor jamás está en duda y el respeto es parte fundamental de amar.

Lunes, martes, miércoles, jueves… ¡el viernes me dí cuenta! Esta vez en serio, lo comprendí más allá de la razón, de manera profunda e integral.

Vi claramente que puedo elegir disfrutar de estos días como se me antoje, puedo entrar y salir sin apuros y sin preocuparme porque tengo que hacer la comida o porque mi hijo este esperándome. Puedo preguntarme en cada momento y con total libertad a mí misma: “¿y ahora qué quieres hacer mi reinita?”. ¡Esto es maravilloso, motivante y energetizante!

Lo mejor del asunto, es que cuando mi hijo regrese, no me va a encontrar hecha trizas ni a punto de enloquecer, sino contenta y radiante y habremos podido ambos disfrutar plenamente de unas maravillosas vacaciones.  Con esta comprensión lo libero, me libero y también me entrego a hacer de cada uno de los siguientes días en soledad, algo que me llene, me alegre la existencia y realmente valga la pena.


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